Cromos

A la hora de tratar el maravilloso tema del coleccionismo de cromos, considero imprescindible mencionar a quien fue un gran mito local en Madrid, desconocido para el gran público de nuestros días. El típico individuo que era conocido en toda la ciudad, cuando los medios de comunicación tenían menor relevancia y se pasaba a la fama “de boca en boca”: me refiero al inefable, al ínclito PIRULO de Madrid. Luis Ortega Cruz, alias Pirulo, era un vendedor de cromos y chucherías que trabajó toda su vida en el parque del Retiro de Madrid y sus alrededores, y que tras años regentando un tenderete plegable dentro del parque, abrió su tienda en la calle Ibiza, justo al lado del colegio al que yo iba, la Sagrada Familia (popularmente, la SAFA).

Si bien yo lo conocí ya en la década de los 70 y principios de los 80, lo cierto es que llevaba toda la vida repartiendo ilusiones, como la ONCE. Era un tipo peculiar, de verborrea desaforada, intuitivo, de inteligencia callejera, y a la vez con un discurso plenamente asequible para los niños. Al parecer, durante la posguerra se había dedicado principalmente a luchar contra las injusticias: ayudó a encontrar casa a mucha gente que no la tenía, regalaba felicidad a los más necesitados mediante donativos que se encargaba de recaudar, visitaba leproserías, y escribía, si era menester, misivas a autoridades, ministros, al propio Franco o a quien considerara adecuado para denunciar las desigualdades sociales que se encontraba en el camino. Plenas de faltas de ortografía, pero igualmente efectivas.

Con los años, y a medida que el rigor del tiempo fue suavizando las duras circunstancias del país, su actividad se centró en hacer felices a los niños y abrió una tienda de cromos, chucherías y algún juguete en la calle Ibiza.

La visita a la tienda durante mi infancia era perfectamente definible como apoteósica. Entrabas en un antro maravilloso, lleno de álbumes de cromos, y donde hice mis colecciones más valiosas: La Guerra de las Galaxias, los álbumes de la Liga -especialmente los de las que ganó la Real Sociedad en las temporadas 80/81 y 81/82, y que quizá me marcaron por la edad que yo tenía en ese momento-, Érase Una Vez el Hombre, Mazinger, y por encima de todas ellas, quizá la que más recuerdo, pues fue la última que pude completar antes de abandonar Madrid: la del Mundial 82 de Panini, con aquellos cromos adhesivos de plata reflectante. El verano de ese año, durante la celebración de aquel Mundial, mi familia se trasladó a vivir a Valencia, aunque seguíamos regresando con regularidad y haciendo la visita de rigor.

El local estaba capitaneado por el encantador personaje, acompañado de su hermana ocasionalmente y de su cuñado la mayoría de las veces. También recuerdo en la misma acera, un poco más cerca del Retiro, una tienda regentada por otra señora a la que yo atribuí la categoría profesional de bruja, en el sentido literal del término (no puedo aclarar si verdaderamente se trataba de una tienda de magia, o si es que mi memoria transforma aquellos recuerdos en espacios y decorados que ya quisiera Michael Ende para sus libros).

Una vez cruzado el umbral de la tienda, mi hermano Javi y yo no dábamos abasto. Casi siempre nos llevaban a la tienda nuestras tías abuelas, dos hermanitas de nuestro yayo materno, solteras, por supuesto, y  parecidas a las tías de Cary Grant en Arsénico por Compasión, aunque las nuestras, que sepamos en la familia, no se dedicaban a envenenar a nadie. De hecho, forjaron los mimbres de nuestra infancia a fuerza de cariño, buen humor y generosidad. Los sábados por la tarde nuestros padres nos dejaban con ellas para descansar (o lo que fuere menester), y para nosotros eso era el inicio de una tarde de aventuras: bucaneros, panterasrosas, gitanitos, tigretones, batidos de vainilla, de fresa, adquiridos en el ultramarinos que hacía esquina entre Narváez e Ibiza, a veces tarde de cine, y sobre todo cromos, muuuuchos cromos: yo presumo de haber finalizado colecciones en 4 sábados. Pirulo debía de adorar a mis tías porque, probablemente, eran sus clientas más esmeradas. Entraban, nos situaban ante los cromos y comenzaba el festín:

“¿Cuáles os gustan? ¿Estos? Pirulo, 20 sobres… qué digo 20. ¡Déme 40!” “Que sean 100, hermanita!” “¡Calla, calla, que me los malcrías”.

Pirulo estaba especializado en venta de caramelos y cromos, pero también hacía las veces de intermediario: un cromo difícil por cuatro fáciles. Tú ibas pasando las hojas de los álbumes, y de vez en cuando encontrabas estampitas y mensajes de advertencia que decían: “Dios te está viendo”, y mensajes de ese tipo, para cargar tu conciencia en caso de tener la tentación de  birlar algún cromo. Visto con perspectiva, no deja de tener guasa.

Yo compilaba un taco de cromos repes, y durante la semana, en el patio del colegio, tentaba con ciento cincuenta cromos al que tuviera exactamente el que me faltaba. Mi hermano, mientras tanto, iba coleccionando pitufos de goma, dinosaurios, snicks, y otros muñecos que aún ha conservado como buen archivero, y a los que ya están empezando a dar buen uso nuestros respectivos hijos.

De las chuches no voy a hablar, maravillas para estómagos autorizados: las pastillas de magnesia o el pica-pica en grandes dosis son las que más echo de menos.

Es evidente que las tecnologías han sustituido muchas formas de ocio en los niños, y los juegos de rol han ocupado un espacio de atención preferente en los adolescentes, pero aún hay sitios donde encontrar frikis de los cromos: el habitual Rastro de Madrid, el marcado de Sant Antoni en Barcelona, o los alrededores de la Plaza Redonda en Valencia, siguen en marcha, con padres acompañando a sus hijos con la lista en la mano, y resulta emotivo verles pleiteando virulentamente entre ellos los cromos de sus hijos, mientras éstos ostentan los tacos en la mano. Sin embargo, en este mundo globalizado, con el mundo al alcance de un clic, resulta casi imposible encontrar personas tan carismáticas, tan auténticas como Pirulo.

MITOS EN ESCABECHE

UN HOMBRE EN CASA

 Hoy quiero hablar de una de las series que marcó mi infancia, y probablemente de modo inconsciente mi manera de entender la Comedia. Me refiero a “Un Hombre en Casa” (“Man About the House”), la serie británica, a buen seguro superada para muchos en su listado de prioridades, pero para mí de necesaria referencia.

 Lo primero que me viene a la mente es la cabecera de Thames Television antes del inicio del capítulo. Os dejo el link de un fragmento:

 ¿Os acordáis? ¡A mí ese logo me huele a pan y chocolate, a batido de fresa, a rotulador Carioca, a la cola de las pegatinas!

 Me encontraba dando brincos en la alfombra del salón con los madelman en la mano, cuando de repente escuchaba la sintonía: en ese momento, dejaba inmediatamente lo que tuviera en el fuego (a mi hermano, generalmente) y me sentaba delante del televisor con expectación. La visión del skyline de Londres y esa imponente melodía suponían para mi mente imberbe un viaje astral: me tele-transportaba a la City en un santiamén. Probablemente sea esta imagen una de las razones por las que siempre me he sentido sentimentalmente conectado con esa ciudad, junto a las lecturas de juventud de Sherlock Holmes o el inicio de la peli de Peter Pan con la visión aérea de Disney de los perfectos tejados londinenses: la ciudad en la que siempre me habría gustado vivir.

Al haber revisado la serie ya de adulto, me he dado cuenta de que no  recordaba los títulos de crédito. La verdad es que en los setenta yo era demasiado pequeño para entender las tramas y tribulaciones de los tres protagonistas, por lo que mi recuerdo es nebuloso, superficial, meramente estético. De hecho, los recuerdos de infancia se superponen en muchas ocasiones: a mí se mezclaba la balada de la serie con la canción de los títulos de crédito de Casino Royale,  la parodia de 007 dirigida por John Huston.

 De “Un Hombre en Casa” me llamaban la atención las paredes empapeladas, los espacios recargados, los colores pastel, las indumentarias poperas, vanguardia de las que entonces llevaban nuestros mayores aquí. Hoy todo ello resulta encantadoramente kitsch pero, amigos, rezuma autenticidad por los cuatro costados del televisor.

 Recuerdo claramente a los personajes: Robin, Crissy, Jo y… los grandiosos Ropper. Pero, por encima de ellos, tengo un recuerdo perenne de sus voces en español: la del gran Luis Varela (Robin Tripp), Rafael de Penagos (George Ropper) y la increíble María Romero (Mildred)…  Maripé Castro (Chrissy) y Marisa Marco (Jo). Todas ellas grandes. Voces que asumes como parte de tu memoria sonora, que hicieron un trabajo excepcional.

Era la presencia de Robin en pantalla lo que más me impactaba. Una referencia en el subconsciente, el estereotipo deseado por cualquier chaval de la época para  futuras conductas: seductor, carota, optimista vital… He tratado de curiosear sobre lo que fue de su intérprete, Richard O’Sulivan, que también protagonizó Dick Turpin, serie que podía uno disfrutar los sábados lluviosos por la tarde en los que el plan consistía en permanecer retenido en casa contra tu voluntad.

No es fácil encontrar información. La Wikipedia apenas menciona que se retiró tras una serie fallida en los 90, pero he encontrado una página del Daily Mail donde aparece fotografiado durante un paseo por la calle mientras iba a comprar el periódico:

http://www.dailymail.co.uk/tvshowbiz/article-1107145/Old-Man-About-The-House-Frail-70s-heart-throb-Richard-OSullivan-looks-unrecognisable.html

 Al parecer, y por lo que cuenta la noticia, vive en una hogar de jubilados para actores retirados.

A mucha gente le llama la atención ver el paso del tiempo en famosos. Como dice la intérprete de Jo, Sally Thomsett en otra entrevista, probablemente se trata de una “mala foto”, por cuanto en tiempos recientes tuvo ocasión de verlo y seguía con su habitual encanto. Aquí linkeo el reportaje:

 http://www.dailymail.co.uk/femail/article-1111048/As-grows-worryingly-frail-Richard-OSullivans-star-lover-says–I-love-Man-About-The-House.html

 La verdad es que la sensación de envejecimiento o decadencia tiene mucho que ver con los años que pasan sin que veas el efecto del paso del tiempo en una persona, y ello es aún más notorio cuando estamos hablando de iconos del cine y la televisión, que no envejecen nunca en tu cerebro, mientras tú vas superando etapas… pero el cálculo de años es exactamente igual para todos. Han pasado casi 40 años desde que se rodó la serie: ¿de qué nos sorprendemos? ¿Dónde estabas tú entonces?

 Siempre me interesa hablar del paso del tiempo, pero el objetivo aquí es otro: destacar una serie mítica y a un actor de comedia excepcional. Richard O’Sulivan es una pieza esencial de mi memoria televisiva, una parte alícuota de mi infancia feliz, y por ello sólo me cabe, desde este humilde rincón, darle las gracias por su talento y por haber sido la pieza clave de un producto de entretenimiento tan bien conglomerado, así como desearle lo mejor. Y a vosotros, que  repaséis la serie. Merece la pena.

EL PROCESO CEREBRAL IRRESPONSABLE

¡Hola, amig@s! Bienvenidos a un nuevo espacio para reflexionar sobre el Yin, el Yang, y el astigmatismo de las libélulas. Espero que sea de vuestro agrado, y os animo a participar, cumpliendo con las normas de buena conducta y responsabilizándoos de vuestros exabruptos intelectuales.

EL PROCESO CEREBRAL IRRESPONSABLE:

La crisis está golpeando con rigor a todos los segmentos de nuestra sociedad. Pero no os preocupéis: para eso se inventó la Comedia. Creo, sinceramente, que sin ella el ser humano habría sido incapaz de adaptarse a su tiempo y se habría extinguido en un suspiro.

De hecho, los científicos confirmaron hace pocos años lo que la sabiduría común (o sea, tu abuelo) mantenía desde los tiempos del No-Do: que las personas podemos suprimir los recuerdos emocionalmente conflictivos. Lo llaman “proceso cerebral responsable[1]”, que mira que les gusta ponerles definición a todo. Eso evita que el dolor te impida seguir viviendo, es decir: inhibe la amígdala cerebral, que es donde, al parecer, se generan los sentimientos de miedo o rabia.

Todo lo contrario que con el Humor: el acceso recurrente a aspectos jocosos de tu vida te permite tomarte las cosas con filosofía, tranquilidad y buenos alimentos. De hecho, no se sabe bien dónde se origina la alegría o la felicidad en tu cuerpo. A mí se me ocurren un par de zonas, pero donde no cabe duda que está el origen exógeno de tu felicidad es en la desgracia ajena.

¿Por qué[2]? Hay muchos factores, y la gente habla de la bondad o maldad del ser humano y otros sinsentidos. Sin más: tú observa cómo se ríe un bebé cuando un adulto juega a darse golpes contra el marco de una puerta[3]: la risa es la expresión física del instinto de supervivencia, y la prueba irrefutable de un proceso cerebral irresponsable.

Conclusión: los cómicos deberíamos estar subvencionados. ¡Hacemos labor social!


[1]El proceso totalmente inverso lo recorre tu subconsciente cuando persigues señoritas en minifalda con un cubata en la mano y cuatro más alojados en el estómago, por la calle sin camiseta en enero”. Wilffred Sterling, J: “Magnolies Of A Windy Tale Onto Your Scroto”, p. 232; Pullman & Stanford Press, London, 1893.
[2] José Mário dos Santos Mourinho Félix, The Special One, Nou Camp, may 2011.
[3] “¿Nunca lo probaste? Es una sensación magnífica.” Torrance, J: “All Work And No Play Makes Jack A Dull Boy”, p. 1350; EWS Press, 1980.